Es
Ameghino el verdadero tipo de sabio auténtico,
propio de culturas más viejas y sedimentadas que
la nuestra. Mas su vocación de sabio, ayudada por
una familia comprensiva, supo crearse un medio propio,
adecuado al florecimiento de su genialidad.
Nació
en la villa de Luján, de la provincia de Buenos
Aires, el 18 de septiembre de 1854. Hijo de don Antonio
Ameghino y de doña María Dina Armanino,
sus dos hermanos, Juan y Carlos, le ayudaron y asistieron
en sus trabajos en muchas ocasiones, y sobre todo este
último, tan modesto como eficaz colaborador, proporcionóle
gran cantidad de material de investigación, conseguido
en largas y penosas exploraciones. Don Carlos Ameghino
llegó a ser también un sabio en la materia
aunque no pueda compararse, naturalmente, con Florentino.
Su
propia madre enseño a éste las primeras
letras, luego entró en la escuela particular de
un tal don Guillermo, quién a los pocos meses se
presentó a la casa diciendo que nada tenía
ya que enseñar al niño Florentino. Su precocidad
encantó también al nuevo maestro, Carlos
D´Aste, que lo fue hasta 1867. D´Aste lo trajo
a la capital, a su propia casa, y lo hizo ingresar a la
Escuela Normal. Sus estudios allí sólo duraron
un año, porque la escuela se cerró. Pero
él había aprovechado bien el tiempo visitando
al Museo de Historia Natural y leyendo a Burmeister y
a Lyell, que le descubrieron su verdadero camino. A los
veinte años de edad encuentra los restos fósiles
completos de un milodón. Por primera vez se hacía
el hallazgo y aunque el autor no pasaba de ser un modesto
ayudante en una escuela común de varones
del pueblo de Mercedes, naturalmente, empieza a hacerse
conocer. Al año siguiente ya publicaba dos artículos
en dos diarios locales y lograba insertar otro en el Journal
de Zoologie, revista parisiense. Obtenía
además un premio en la primer exposición
de la Sociedad Científica de Buenos Aires y presentaba
a la misma dos memorias que, aunque no fueron tenidas
en cuenta en aquel momento, albergaban el germen de su
futura obra monumental. En 1877 publicaba su primer libro,
Antigüedades indias de la Banca Oriental, cosecha
de una corta excursión por el Uruguay el verano
anterior. En 1879 se dilata por fin el horizonte: tiene
una destacada actuación en el Congreso de Americanistas,
en Bruselas, frente a sabios de relieve mundial. Se hizo
oír y admirar y desde allí empezó
a tender las redes de sus relaciones científicas,
que muy pronto se multiplicaron, con eminencias como Quatrefagues,
Mortillet, Schmidt, Gervais (en cuya colaboración
hizo algunas excavaciones y llegó a escribir un
trabajo), Sergi, Morselli, Cope y tantos otros. La estancia
en Europa fue muy fecunda para la formación intelectual
como para su fama de sabio, que, a partir de entonces
se extendido por el viejo mundo y los Estados Unidos,
Con la venta de algunas de las colecciones consiguió
dinero par editar dos de sus libros, La formación
pampeana y La antigüedad del hombre en el Plata.
Volvió a la patria en 1881 casado con Leontina
Poirier, francesa, y encontrándose exonerado de
su puesto de director de la escuela de Mercedes, instaló
una pequeña librería en Buenos Aires, Escribió
entonces su Filogenia, obra maestra por su organización
y la audacia de las doctrinas, y ella le valió
ser llamado por la Universidad de Córdoba para
dictar la cátedra de Historia Natural y conferirle
el título de doctor honoris causa. Pasó
luego a La Plata como subdirector del Museo y volvió
más tarde a ser librero. Corría el 1889
cuando sus dificultades económicas le obligaron
a aceptar la ayuda de Estanislao S. Zeballos para publicar
otro de sus libros capitales, Contribución al conocimiento
de los mamíferos fósiles de la República
Argentina, premiado con medalla de oro y diploma de honor
en la Exposición Universal de Paris.
En
1902, a la muerte del sabio Berg, fue llevado por el ministro
Joaquín V. González, a la dirección
del Museo de Historia Natural de la Nación, cargo
que desempeñó por espacio de nueve años.
Esto no cambio en nada la modestia de su vida, ni siquiera
le hizo le hizo abandonar su refugio platense. Dedicóse
concienzudamente a cuidar y enriquecer las colecciones
del Museo como hiciera antes con las propias, introduciendo
nuevas clasificaciones e incluso iluminando, a la luz
de su ciencia, piezas que hasta entonces estuvieron abandonadas
u olvidadas. Al promediar el año 1908 pierde sucesivamente,
y en el corto plazo de dos meses, la madre, la esposa
y uno de los mejores amigos, don Justo Martínez,
El dolor inmenso de estas pérdidas prodújole,
primero, una gran depresión moral, que se resolvió
luego en la diabetes que había de llevarlo a la
tumba. A fines de ese mismo año asistió,
en compañía de Spegazzini, al IV Congreso
Científico Latino Americano, reunido en Santiago
de Chile. Realizaron también algunas excursiones
durante las cuales aquél empezó a notar
en su compañero los primeros síntomas de
la diabetes, pro sin conseguir que Ameghino se atendiera.
De vuelta al país dedicóse afiebradamente
a preparar el congreso que se reuniría en Buenos
Aires el año 10, sin dejar de lado sus otras atenciones
ni su producción. Inútil fue que sus familiares
y amigos se empeñaran en curarlo, siguió
firme en la brecha trabajando denodadamente hasta que
le fue de todo punto posible abandonar la cama. El 8 de
mayo de 1911 se negó rotundamente a ser trasladado
a un sanatorio de la capital según se había
dispuesto. Aún postrado siguió escribiendo,
dictando o corrigiendo las pruebas de la versión
al francés de uno de sus libros. Bueno es recordar
que desde joven escribía indistintamente en castellano
o en francés, con la misma perfección. Dominaba
también el italiano. Poseía una formidable
cultura, asistida de espléndida memoria y verdadero
fervor por alimentarla. Incansable trabajador, dejó
una obra enorme cuya enumeración alcanza a 176
títulos, que no tienen, naturalmente, todos igual
valor. Sus trabajos más importantes, fuera de los
arriba mencionados, son: Los mamíferos fósiles
de la América meridional, Enuméeration synoptique
des espéces des mammiféres fósiles
des formations éeocénes de la Patagonie,
Sur l´évolution des dents des mammiféres.
La perforación astragaliana en los mamíferos
no es un carácter originariamente primitivo, en
cuanto a paleontología se refiere. Encierran ellos
el aporte del descubrimiento, descripción, estudio
y clasificación de nada menos que mil especies
nuevas. Y si esto no bastara ara su gloria, tenemos aún
sus grandes contribuciones a los problemas geológicos
y paleogeográficos como Les formations sedimentairs
du crétase supérieur y du tertiaire de Patagonie
y Las formaciones sedimentarias de la región litoral
de Mar del Plata y Chapadmalal. Su apasionante obra de
antropólogo, la más discutida de todas.
Que cuenta, sin embargo, con grandes autoridades mundiales
en su abono, está incluida en parte en algunos
de sus libros más importantes y el resto corre
inserto en los Anales del Museo Nacional de Buenos
Aires y la serie de Memorias presentadas al Congreso
Científico Internacional Americano de 1910.
También
en lo moral su vida es un ejemplo prístino. Tenía
un alma transparente de niño y una ingénita
bondad. Vivió al margen de todo halago vanidoso
en medio de una gran modestia. No escatimó su ayuda
generosa a los jóvenes que se iniciaban en las
ciencias y evacuaba prolijamente cuantas consultas se
le hacían, aún a riesgo de interrumpir el
hilo de las propias investigaciones.
Ameghino
murió en La Plata, el 6 de agosto de 1911. Su entierro
fue grandioso, teniendo en cuenta lo alejado que estuvo
siempre de las esferas oficiales. Todo el mundo intelectual
se hizo presente y al depositar sus testos en el Panteón
de los maestros, hicieron uso de la palabra eminentes
personalidad de como E. Homberg, Victor Mercante, J. B.
Ambrosetti, José Ingenieros y otros.